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Retos del psicólogo en la era de la IA

Actualizado: 16 jun


Debo reconocer que la primera vez que escuché hablar de ChatGPT pensé que los demás exageraban sobre su potencial y todo aquello que decían que podía hacer. Me costaba creerlo. Sin embargo, cuando la curiosidad me llevó a probarlo, sentí una mezcla de sorpresa y miedo.

Sorpresa porque efectivamente tenía un potencial mucho mayor del que había conocido hasta entonces con cualquier otra herramienta tecnológica. Pero también miedo por las implicaciones que algo así podría tener para la humanidad.

Y aunque esas reflexiones podrían dar para otro artículo, hubo algo que me llamó especialmente la atención desde mi profesión como psicóloga.

Hasta entonces había pensado en la inteligencia artificial como una herramienta capaz de ayudarnos a buscar información, organizar tareas o resolver problemas prácticos. Sin embargo, un día leí que cada vez más personas, especialmente jóvenes, comenzaban a utilizarla para hablar de sus problemas personales, pedir consejo o incluso buscar apoyo emocional.

Aquello me hizo detenerme a pensar.

¿Qué estaba encontrando la gente en estas herramientas? ¿Qué necesidades estaban cubriendo? ¿Y qué implicaciones podía tener esto para quienes nos dedicamos a acompañar el sufrimiento humano?

¿Por qué cada vez más personas recurren a la IA para hablar de sus problemas?


Una de las primeras respuestas que me vino a la mente fue que con la inteligencia artificial puedes hablar de prácticamente cualquier cosa sin sentirte juzgado.

No hay miedo a la reacción de la otra persona, a que te critique, se sorprenda o piense algo negativo de ti. Al fin y al cabo, estamos hablando con una aplicación. Y eso hace que muchas personas se atrevan a compartir pensamientos, emociones o experiencias que quizá nunca expresarían delante de alguien de carne y hueso.

Además, me llamó la atención otro aspecto. Aunque racionalmente sabemos que estamos hablando con una herramienta tecnológica, muchas personas perciben a la inteligencia artificial como una fuente de conocimiento inmensa, capaz de manejar más información de la que cualquier ser humano podría acumular a lo largo de una vida. Esto hace que, en ocasiones, sus respuestas adquieran una autoridad que difícilmente otorgaríamos a otras personas de nuestro entorno.

Esto conecta también con algo que he podido observar de cerca, tanto en consulta como en mi propia práctica profesional. Algunos pacientes, cuando tienen una duda o atraviesan un momento difícil entre sesiones, recurren a la IA antes de esperar a la siguiente cita. Y yo misma lo he hecho con mi supervisión: cuando algo me genera incertidumbre y la próxima sesión queda lejos, a veces no puedo, o no quiero, esperar.

La inteligencia artificial está disponible en ese momento exacto en que algo nos aprieta. Y eso, en una época en la que hemos reducido mucho nuestra tolerancia a la espera, tiene un atractivo real.

Y creo que esto conecta también con otra realidad de nuestro tiempo. Muchas personas tienen dificultades para encontrar espacios donde hablar abiertamente sobre lo que sienten. Entre jornadas laborales largas, responsabilidades familiares y agendas cada vez más llenas, incluso quedar con amigos o familiares para compartir preocupaciones resulta a veces complicado.

Hay un aspecto de la IA que, aunque las primeras veces que la usamos nos llama la atención, con el tiempo normalizamos. La forma en que adapta su tono a nuestra manera de comunicarnos con ella hace que, poco a poco, lleguemos a humanizarla. A olvidar que estamos hablando con una aplicación desarrollada por programadores y que, al otro lado, no hay ninguna persona.

Y esa adaptación no es casual. Está diseñada para conectar, para acercarse cada vez más a nuestro lenguaje. Lo que genera enganche. Pero también puede tener una contrapartida: cuando las personas de nuestro entorno no se adaptan con la misma precisión, algo que es completamente humano y normal, podemos empezar a sentir esa distancia de una forma que antes quizás no sentíamos.

Por último, hubo algo que me llamó especialmente la atención al utilizarla: la capacidad que tiene para validar emociones.

Y esto me hizo reflexionar sobre algo que ocurre con frecuencia entre los seres humanos. Muchas veces, cuando alguien nos comparte su malestar, nuestra incomodidad nos lleva a intentar resolverlo rápidamente, minimizarlo o cambiar de tema. No porque no nos importe la otra persona, sino porque sostener el sufrimiento ajeno también puede resultar difícil.

La inteligencia artificial, sin embargo, suele detenerse en esa emoción. La reconoce, le pone palabras y le da espacio antes de intentar ofrecer una solución. Y eso, para muchas personas, resulta genuinamente aliviador.

Pero hay una diferencia que creo que vale la pena señalar. En terapia, validar no es una respuesta automática. Es una decisión clínica. A veces acompañamos la emoción, otras veces la confrontamos, otras nos quedamos en silencio. Lo que guía esa elección no es un algoritmo sino el conocimiento de esa persona concreta, de su historia, de lo que necesita en ese momento.

El verdadero reto para los psicólogos


Si una inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender mejor lo que nos ocurre, ordenar nuestras ideas, poner nombre a nuestras emociones e incluso ofrecer explicaciones bastante acertadas sobre muchos de nuestros problemas, ¿Qué lugar sigue ocupando entonces la terapia psicológica?

Hay algo que merece la pena tener en cuenta antes de responder a esa pregunta. Cuando nos comunicamos, las palabras son solo una parte de lo que transmitimos. El tono de voz, la mirada, la postura, los silencios, todo aquello que no se dice pero que está presente en el cuerpo, representa una parte muy significativa de lo que realmente estamos expresando. Y eso es algo que una pantalla no puede leer.

En terapia, esa información es fundamental. A veces alguien dice que está bien mientras su cuerpo cuenta otra historia. Y es precisamente en esa brecha donde a menudo comienza el trabajo más importante.

Y sé que tras leer estas líneas puede que estés pensando que el siguiente paso de la IA sea precisamente ese: leer nuestro lenguaje no verbal a través de una webcam. Siendo sincera, yo también lo he contemplado. Por ahora no es una realidad, pero será algo que tendremos que cuestionarnos en un futuro que quizás no esté tan lejos.

Y volviendo a la pregunta de qué lugar ocupa la terapia, hay algo que escucho con frecuencia en consulta que quizás ayude a responderla.

“Entiendo perfectamente lo que me ocurre, pero no consigo que deje de afectarme.”

Saben que reaccionan con ira en situaciones que les gustaría gestionar de otra manera. Saben que utilizan la comida, el trabajo o cualquier otra conducta para aliviar emociones difíciles. Saben que les vendría bien descansar más, hacer ejercicio o cuidarse mejor. Incluso han leído libros, escuchado podcasts o consumido contenido psicológico sobre aquello que les sucede. Y, sin embargo, el cambio no termina de producirse.

Porque comprender algo y sentirlo como verdadero no siempre sucede al mismo tiempo.

En terapia no nos limitamos a hablar sobre lo que ocurre. Trabajamos directamente con el cuerpo y las emociones para que la persona pueda conectar con lo que siente y atravesarlo sin que la desborde, acompañada desde un lugar seguro.

Muchos de nuestros pacientes ya habrán consultado con la IA parte de aquello que les ocurre. Incluso es posible que, después de una sesión, continúen reflexionando y vuelvan a consultarla.

Reconozco que a veces me he preguntado qué pasaría si lo que encuentra ahí contradice lo que estamos trabajando. Y siendo honesta, creo que ese temor dice más de nosotros que de la herramienta. Quizás tiene que ver con el síndrome del impostor que muchos terapeutas conocemos bien, esa voz que de vez en cuando nos pregunta si realmente estamos aportando algo que no se pueda encontrar en otro sitio.

Pero cuando me hago esa pregunta con más calma, la respuesta es que lo que ocurre en terapia no es reemplazable por información, por muy buena que sea.

Es fácil vivir la inteligencia artificial como una amenaza para nuestra profesión. Pero quizás la pregunta más útil no es si nos va a reemplazar, sino cómo podemos incorporarla en nuestro proceso de terapia, ya que con más frecuencia va a formar parte del sistema del paciente.

Y aunque cuando hablamos con la IA llegamos a humanizarla, sintiendo que es una más de nosotros por la forma en que se comunica con cada persona, no debemos olvidar que la empatía es una cualidad humana que no se puede programar. Y quizá por eso, si antes la formación continua ya era una obligación para cualquier psicólogo, ahora lo es todavía más. No solo necesitamos seguir actualizándonos en psicología, sino también comprender mejor las herramientas que nuestros pacientes utilizan y el impacto que estas pueden tener en la forma de entenderse a sí mismos y relacionarse con los demás.

Una reflexión final


No sé cómo será la relación entre la psicología y la inteligencia artificial dentro de diez o veinte años. Lo que sí sé es que ya forma parte de nuestra realidad y que ignorarlo no parece una opción.

Mientras escribo estas líneas soy consciente de que yo misma la utilizo y de que probablemente seguiré haciéndolo. Pero hay una pregunta que no consigo quitarme de encima: No tanto qué puede hacer la inteligencia artificial por nosotros, sino qué dejamos de desarrollar en nosotros mismos cuando la utilizamos.

Qué habilidades, qué recursos, qué procesos internos quedan sin ejercitarse cuando delegamos en ella.

No tengo una respuesta clara. Y quizás aprender a convivir con preguntas para las que todavía no tenemos respuesta también forme parte de lo que nos toca vivir ahora.

Lo que sí sé es que, al menos por ahora, sigo encontrando algo profundamente transformador en el encuentro entre dos personas. En sentirse escuchado, comprendido y acompañado por alguien que no solo entiende lo que nos ocurre, sino que puede caminar a nuestro lado mientras lo atravesamos.

Quizá el reto no sea solo aprender a convivir con la inteligencia artificial, sino no olvidar aquello que nos hace humanos mientras lo hacemos.
 
 
 

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