¿Qué es realmente el EMDR? Más allá de los movimientos oculares
- Sandra Belmonte Urbano
- 19 may
- 6 min de lectura

Mi primer encuentro con el EMDR
Recuerdo la primera vez que escuché hablar del EMDR. Aún no había terminado la carrera cuando alguien me habló de una terapia que utilizaba movimientos oculares y, en ocasiones, sonidos bilaterales a través de unos auriculares para ayudar a procesar experiencias difíciles.
Me llamó muchísimo la atención. Sobre todo, porque no entendía cómo algo aparentemente tan simple podía ayudar a sanar heridas emocionales.
Tiempo después, cuando terminé el máster habilitante y empecé a buscar formación más enfocada al trauma, volví a encontrarme con el EMDR y decidí formarme en ello.
Y sinceramente, salí bastante sorprendida.
Lo que yo pensaba que era simplemente una técnica terminó siendo una forma completamente distinta de entender muchas de las dificultades psicológicas con las que convivimos las personas.
Cuando entendí el trauma de otra manera
Una de las cosas que más me impactó fue comprender que muchos de los síntomas que solemos agrupar dentro de diferentes diagnósticos no aparecen “porque sí”, ni únicamente porque recordemos conscientemente algo doloroso.
Muchas veces tienen que ver con experiencias pasadas que nuestro sistema nervioso no logró integrar del todo y que siguen activándose en el presente a través de determinados disparadores.
A veces esos disparadores son evidentes. Otras veces son mucho más sutiles: una forma de hablar, un conflicto, el miedo al rechazo, determinadas dinámicas en las relaciones o incluso ciertas sensaciones corporales.
El cuerpo entra en alerta antes incluso de que la mente entienda qué está ocurriendo.
También me sorprendió descubrir hasta qué punto el llamado trauma relacional o trauma complejo puede dejar una huella profunda, incluso más persistente a veces que algunos acontecimientos traumáticos más concretos o puntuales.
Dentro del EMDR se distingue entre experiencias muy impactantes y claramente identificables —accidentes, agresiones, situaciones extremas— y otras heridas mucho más silenciosas y difíciles de reconocer. Estas últimas son las que a menudo pasan desapercibidas, también para quien las vivió.
Los seres humanos necesitamos durante la infancia figuras de apego que nos aporten seguridad, cuidado y regulación emocional. Y muchas veces el problema no es únicamente el daño explícito, sino crecer en entornos donde determinadas necesidades emocionales no pudieron ser sostenidas de forma suficiente.
No siempre hablamos de situaciones evidentes como maltrato físico, abuso o abandono. A veces el impacto aparece de formas más sutiles: sentir que uno tiene que ganarse el cariño, aprender a desconectarse emocionalmente, crecer en ambientes impredecibles o sentir que ciertas emociones “molestan”.
Y aunque muchas de estas experiencias no siempre se recuerdan como “traumáticas”, sí pueden influir profundamente en la autoestima, el autoconcepto y la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Entonces, ¿cómo funciona realmente el EMDR?
Aunque cada proceso terapéutico es diferente, una de las ideas que más me resonó al formarme fue esta: muchos síntomas no aparecen "porque sí". En algún momento tuvieron una función. Fueron la mejor respuesta posible a algo que resultaba demasiado difícil de sostener.
A veces aquello que hoy vivimos como ansiedad, bloqueo, hipervigilancia, necesidad de control o dificultad para relacionarnos fue, en otro momento de nuestra vida, la mejor manera que encontró nuestro sistema para adaptarse a determinadas experiencias.
El problema es que esas defensas, que quizá en el pasado ayudaron a sobrevivir emocionalmente, muchas veces siguen activándose en el presente incluso cuando ya no son necesarias. Y es ahí donde empiezan a generar sufrimiento.
En EMDR trabajamos precisamente tratando de comprender de dónde vienen esas respuestas.
Poco a poco, terapeuta y paciente van explorando qué experiencias pudieron dejar esa huella y cómo siguen activándose hoy en día.
Y algo que me parece importante subrayar: este trabajo no implica quedarse atrapado en el pasado ni revivirlo una y otra vez. Se trabaja desde lo que llamamos un doble foco: con un pie en el presente mientras observamos y procesamos aquello que sigue doliendo.
El objetivo del reprocesamiento no es borrar recuerdos, sino ayudar a que el sistema nervioso pueda integrar esas experiencias de una manera diferente.
A medida que esto ocurre, muchas personas sienten que determinados recuerdos dejan de tener la misma intensidad emocional, corporal o mental.
Además del pasado y del presente, en ocasiones también se trabajan situaciones futuras que generan miedo, inseguridad o anticipación.
Y es precisamente durante parte de ese trabajo de reprocesamiento cuando puede utilizarse la estimulación bilateral: movimientos oculares, sonidos alternos o tapping (pequeños golpecitos alternando ambos lados del cuerpo).
Esta es probablemente la parte más conocida del EMDR y también la que ha generado más debate en los últimos años dentro de la comunidad científica.
¿Qué se está cuestionando actualmente sobre el EMDR?
La controversia actual no gira tanto en torno a si el EMDR puede resultar útil clínicamente, sino sobre cómo explicar exactamente qué mecanismos producen sus efectos terapéuticos.
Dicho de otra manera: el debate no está centrado únicamente en si las personas mejoran, sino en comprender qué elementos concretos del proceso son los que generan ese cambio.
Desde que surgió el EMDR, diferentes investigadores han tratado de explicar qué ocurre en el sistema nervioso durante el reprocesamiento. A lo largo de los años han aparecido distintas hipótesis relacionadas con la memoria, la atención, la activación fisiológica o el procesamiento de la información.
Algunas teorías han intentado explicar el papel de la estimulación bilateral a través de conceptos como la comunicación entre hemisferios cerebrales o determinados procesos neuronales. Sin embargo, actualmente no existe un consenso definitivo sobre cuál es el mecanismo exacto que explica sus efectos.
Y esto me parece honesto señalarlo. En psicología convivimos con dos cosas al mismo tiempo: tratamientos que muestran eficacia clínica y preguntas todavía abiertas sobre cómo funcionan exactamente. Eso no invalida lo primero, pero tampoco hay que esconderlo.
A día de hoy, EMDR cuenta con una amplia investigación, especialmente en el tratamiento del trauma y el trastorno de estrés postraumático. De hecho, organizaciones como la World Health Organization (OMS) lo incluyen entre los tratamientos recomendados para el abordaje del TEPT junto a otros enfoques con evidencia, como determinadas terapias cognitivo-conductuales centradas en trauma.
Eso no significa que la investigación esté cerrada ni que no puedan seguir apareciendo preguntas, revisiones o debates. De hecho, creo que en salud mental eso es algo necesario y positivo.
¿Entonces funciona solo por exposición al trauma?
Algunas personas explican el EMDR desde procesos relacionados con la exposición terapéutica, es decir, la posibilidad de acercarse de forma segura a recuerdos, emociones o experiencias que antes resultaban demasiado activadoras.
Y probablemente parte de eso también esté presente.
Pero en mi experiencia, especialmente con trauma relacional o complejo, muchas veces el reto no está en poder hablar de lo que ocurrió. Muchas personas ya pueden hacerlo. Lo entienden, lo explican, identifican patrones. Y, aun así, su cuerpo sigue reaccionando como si estuviera en peligro.
Y creo que ahí es donde enfoques centrados también en el sistema nervioso, las emociones, las experiencias corporales y el vínculo terapéutico aportan algo especialmente valioso.
Muchas personas entienden perfectamente lo que les ocurre y aun así su cuerpo sigue reaccionando como si estuviera en peligro.
Mi manera de entender el EMDR
Personalmente no entiendo el EMDR como una terapia opuesta a otros enfoques, sino más bien como una forma diferente de comprender y trabajar determinadas experiencias.
De hecho, comparte muchos elementos con otros modelos terapéuticos, especialmente con enfoques cognitivo-conductuales orientados al trauma.
Y al mismo tiempo, incorpora una mirada más centrada en cómo determinadas experiencias quedan registradas no solo a nivel racional, sino también emocional, corporal y relacional.
Además, no todas las personas necesitan o toleran los procesos terapéuticos de la misma manera.
En algunos casos es necesario trabajar primero la regulación emocional, la seguridad o el vínculo terapéutico antes de abordar directamente determinadas experiencias traumáticas.
Por eso, más allá de las técnicas concretas, creo que lo importante es poder adaptar el proceso a la persona y no al revés.
Reflexión final
Cuando empecé a formarme en EMDR, una parte de mí seguía siendo escéptica. Soy de las que necesita entender el porqué de las cosas, buscar la explicación detrás, no quedarme solo con que algo "funciona".
Y en cierto modo, sigo siendo así. Las preguntas abiertas sobre sus mecanismos exactos me generan más curiosidad que incomodidad, porque sé que la ciencia avanza precisamente así: con preguntas.
Lo que sí tengo claro, tanto por lo que he estudiado como por lo que he visto en consulta, es que el EMDR tiene un recorrido serio, una investigación sólida y un lugar reconocido dentro de los enfoques con evidencia para el tratamiento del trauma. No es fe ciega, es confianza construida con el tiempo.
Si sientes curiosidad, mi invitación es que te acerques a ello con esa misma actitud: con preguntas, con criterio, y si en algún momento tienes la oportunidad, también desde tu propia experiencia.


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